blog de Rebeca Martín Gil

jueves, 27 de abril de 2017

Guapos y pobres - Alfredo Ruiz



Este libro apareció en 2004, de la mano de la desaparecida Ático Ediciones. Lleva por subtítulo "Retrato de una nueva clase social". Pasó del papel al escenario y en 2015 se representó en forma de musical.

"Guapos y pobres" está a caballo entre la crónica y la ficción. El autor describe a varios personajes jóvenes residentes en Barcelona en un momento en que parecía que la economía iba bien para todos. Sin embargo, los protagonistas de este libro, algunos de ellos con estudios universitarios, sobreviven con trabajos precarios, alquileres elevados, hipotecas difíciles de pagar... Pertenecen a esa generación que se bautizó como "mileurista" y que, pasados más de diez años, tristemente algunos miran hasta con nostalgia. 

Quedaría por saber el futuro de cada una de estas personas: si ya eran frágiles cuando parecía que estábamos en los primeros puestos de la economía mundial, ¿cómo les habrá golpeado (o no) la crisis?


Relats d'amor - ya disponible


Ya está disponible el libro "Relats d'amor" (Silva Editorial), donde colaboro con "El despertar".



martes, 14 de marzo de 2017

Cenizas - Nicolás Muñoz



El cineasta Nicolás Muñoz (Madrid, 1962) obtuvo por esta novela el IV Premio de Novela Javier Tomeo en 2008.

En esta dura novela, Óscar, un exitoso hombre casado y con un hijo adolescente, observa desde las ventanas de su casa el incendio y destrucción del rascacielos Windsor. Paralelamente, todo aquello que parecía tener controlado en su vida empieza a desmoronarse a la vez que él no consigue olvidar la imagen del edificio en llamas. Observamos cómo le afecta la crisis de los cuarenta, la poca comunicación que tiene con su hijo y cómo su matrimonio tampoco es ejemplar.


Nicolás Muñoz aborda en Cenizas tan espinosos como la violencia de género o el acoso escolar. No solo asistimos al presente de Óscar, sino que recuerdos que le hacen sentir culpable de su paso por la mili conviven con la constante imagen del Windsor ardiendo. La novela avanza, acelerándose en cada página, atrapando al lector en una espiral de destrucción que parece que vaya a acabar con todo.

martes, 24 de enero de 2017

Relato "El despertar" en Premis Literaris Constantí 2016

Mi relato "El despertar" ha resultado finalista en el certamen literario convocado por el ayuntamiento de Constantí. Próximamente aparecerá publicado junto con el ganador  ("Rosas blancas", de Álex Saldaña Redondo) y los otros finalistas.  

lunes, 2 de enero de 2017

Relato - Cena de empresa


Todo el restaurante es para ellos. La empresa hace gala de su buena imagen, ganada a base de esporádicos detalles y habituales zancadillas, en una cena de Navidad.
Irene se ha sentado en una silla libre, relativamente cerca de Andrés. Quiere tenerlo cerca, controlar sus movimientos y sus comentarios sin que él se dé cuenta. Enfrente, el Gran Jefe con su perfecta mujer al lado. Eso le incomoda.
Quiere, aunque no sería capaz de reconocerlo, que los escarceos con Andrés lleguen a buen puerto. Le gusta cómo la mira de reojo en los pasillos, le encanta cómo se muerde los labios en el ascensor, cuando están solos y ninguno sabe qué decir. Le gusta el silencio interpuesto con Andrés. Aunque hoy se siente con fuerzas para romperlo. Empieza a cansarse de tenerlo todo bajo control.
Esther, la mujer del Gran Jefe, rompe el hielo:
- Así que tú eres la catalana...
Se entretiene conversando con Esther y, palabra a palabra, acaba por desembarazarse de los prejuicios que tenía hacia ella. Le comenta lo buenos que están los camareros. Irene no ha reparado en ello y, entre risas, Esther le confiesa que a ella le excitan los hombres uniformados. A Irene le parece extraño hablar de hombres precisamente con la mujer del Gran Jefe, y más estando este presente, aunque ajeno a la conversación femenina. Irene le indica que a ella los uniformes ni fú ni fá. Que suele cometer el error de enamorarse de compañeros de trabajo. Se produce un silencio algo tenso. Ahora traerán los postres y los cafés. Quiere irse a casa, hubiera sido mejor no haber ido a la cena.
Mientras los camareros van apartando las mesas, sube el volumen de la música y se va oscureciendo la sala. De pronto se encuentra apoyada en una columna, frente a Andrés, que sostiene dos copas y le ofrece una. Ella la rechaza. Por ahora descansará un poco del alcohol. Andrés parece querer iniciar conversación, le comenta que no han coincidido en toda la noche, hasta ahora. Ella calla.
Irene se ha quedado sola, en la columna. ¿Quería una oportunidad? Derrochada. Cierra el puño. Ahora sí le apetece beber. Se acerca Esther, con dos copas. Le acepta una. Luego llega el Gran Jefe y su mujer le sugiere que saque a bailar a Irene.
- No sé cómo permitís que una chica tan guapa siga soltera.
Se siente cohibida. La coge con firmeza por la cintura, ella se queda rígida.
- La verdad es que tiene razón mi mujer.
Acorralada y confusa, Irene se escabulle como puede, le dice que debe ir al baño.
Baja las escaleras. No tiene ganas de mear. Se observa en el espejo y se refresca el cuello. Mientras agacha la cabeza, oye la puerta a sus espaldas. Levanta los ojos y ve el reflejo del Gran Jefe. Ya no puede escapar.
- Tu mujer está...
- No te preocupes por Esther –le acaricia la oreja y le besa el cuello, manoseándola.
Irene se obligada a seguirle el juego, aunque también piensa en Andrés, que estará divirtiéndose. Al fin y al cabo, el Gran Jefe tampoco está tan mal. Le desabrocha el cinturón mientras él la sienta en la repisa e introduce la mano en el vestido para bajarle las bragas. Le besa los pechos, bajando el escote enérgicamente, y la penetra contra el frío mármol. Irene se siente atractiva, segura de sí misma. Luego se pone de espaldas a él, frente al espejo, y mira cómo los dos van jadeando, embestida a embestida. Él la separa de repente, le da la vuelta, y con el brazo en su hombro, la empuja hacia el suelo. De rodillas, mirando a la puerta, Irene se dedica a la felación, mientras piensa que solo falta que baje alguien y los pille así. Como adivinando su pensamiento, un camarero abre la puerta pero, contemplando el panorama, la cierra con sigilo. El Gran Jefe no se ha dado cuenta, y el orgasmo ha coincidido con la repentina aparición.
Sube las escaleras despacio, sola. El Gran Jefe lo hará en breve. Se cruza con un camarero que baja y le sonríe. Ella pone los ojos en el suelo, avergonzada, aunque quizás sea otro camarero y simplemente le haga ese gesto por educación. Encuentra a Esther, busca con la mirada a Andrés, pero no lo localiza. Menuda oportunidad desperdiciada, y encima ha terminado acostándose con el Gran Jefe. “Anda que en menudos berenjenales te metes”, dice para sí. Esther le indica que está cansada, que no tardarán mucho en irse.
- ¿Dónde has dejado a mi marido?
Turbación de nuevo, pero el Gran Jefe aparece entonces y pregunta que si vuelven ya. Su mujer afirma con la cabeza.
Intercambian besos y el matrimonio se va. Irene se queda pensando en el lunes y pide otra copa. Mira alrededor, esperando algún rostro conocido al que acercarse para charlar. No encuentra a nadie. Solo ve camareros, todos iguales, y le parece que todos la están observando, que todos ellos ríen por lo bajo porque todos la han descubierto en el baño.
Busca a su alrededor a Andrés, le apetece arreglar lo que ha estropeado. Se arrepiente de haber ido a la cena, de haber sido desagradable con él y de haber acabado acostándose con un hombre solo por despecho.
Apura la copa de un trago. Está a punto de llorar. Siente que todos los camareros la miran. Irene observa, en el bolso abierto, que está sonando el móvil. Lo agarra deprisa. Es Andrés. Se pregunta el motivo de la llamada. Está llorando, siente todos los ojos de los camareros en su nuca. Decide lanzar el móvil en el vaso que estaba tomando, y contempla cómo cae en los hielos medio derretidos. También ella se ha quebrado esta noche en mil fragmentos, también ella se ha estropeado. También ella ha lanzado una llamada de socorro, como el parpadeo último del móvil antes de extinguirse. Y nadie la ha oído.

domingo, 25 de diciembre de 2016

Relato - Autobús interurbano


Seis y trece en la parada del autobús. Lleva tres minutos de retraso. Diez grados y un viento frío y seco de estridente despertador.
El chico joven del polígono, el treintañero desaliñado y un viajero nuevo: alto, delgado, cincuentón, con una barba de dos días, que pregunta al conductor que si entre semana pasa siempre a la misma hora.
Dos semáforos más tarde, ya hemos dejado el pueblo. Algunos dormitan contra los cristales, hacia la negra noche; unos leen la prensa seria; los más, hojean la deportiva.
Yo estoy hoy más despierta que nunca, y es que los reproches ayudan a madrugar y a no conciliar el sueño.
Entramos en el pueblo vecino. Otro semáforo.
Así que nos tocará empezar a buscar piso, a ir de nuevo, como los caracoles, con la casa a cuestas.
Suben dos más: hombre y mujer, y se apean, a cambio, otra mujer y el hombre del abrigo amarillo y la visera. Todavía no me he peinado.
No voy a mendigar porque tú pagues un alquiler barato.
Estuve deprimido por tu culpa.
No deberías haberte marchado nunca de casa de tu madre.
Nos pusiste las cosas muy difíciles.
Lunes. El tedio de la semana empieza en la plaza asfaltada, en la marquesina a oscuras de la carretera.
Las luces de la cementera, impertérrita, incrustada en la montaña, observan el lento despertar en el llano.
Se apea el joven del polígono, siempre en chándal y con mochila. Cuando hay puente no coge el autobús.
¿Qué es un precio simbólico?
Una patada en el culo (o una coz, que es lo que dan los burros) es gratis, pero luego nadie te da las gracias.
Nueva parada: ahora le toca al treintañero desaliñado. Un hombre de pelo cano y camisa rojiza le hace el relevo.
No sé para qué estudias.
¿No ibas a comerte el mundo?, pues mira dónde has acabado. 
Esos comentarios nunca son en tono despectivo, nunca escupes por llevar una vida que a ti no te parece digna.
A estas horas vamos solos por la carretera.
Antes de abandonar el polígono, sube una mujer escandalosa, andaluza, a punto de jubilarse ya, con el pelo teñido, y siempre los pendientes plateados. De aquí a diez minutos, desde el último asiento del autobús, le oiré decir algo al conductor. Mientras pienso esto, le oigo preguntar algo a la pasajera que va detrás.
Hoy no ha venido la señora María, mañana contará que perdió el autobús, que se quedó dormida y la tuvo que llevar al trabajo su marido.
Otro pueblo: el de los mil badenes y las luces apagadas de Navidad.  Nueva parada: baja uno y suben cinco. La amiga de la señora María tampoco ha venido hoy, y parece como que el autobús, aliviado, respira. Sí se ha subido la joven peluquera, con bufanda rosa, mujer atlética que madruga para entrar al gimnasio a las siete de la mañana, antes de enfrascarse en tintes y permanentes.
Nueva parada: bajan dos y suben siete. Parece que hemos dejado atrás el último badén y el autobús puede empezar a coger velocidad.
Una furgoneta en doble fila.
Suben dos más.
A mi lado, lee el periódico deportivo un hombre que huele mal. Sorbe con la nariz. Cincuentón, de sport, con una mochila y zapatos de color beige.
Otra parada, suben dos mujeres y dejamos atrás este pueblo.
Ahora llegan las rotondas y el paseo con el tranvía. La carretera está iluminada.
Nueva parada, se incorpora al trayecto un hombre de jersey negro.
A nuestra izquierda, concesionarios de coches y, a ambos lados, gasolineras.
Nueva parada: bajan dos hombres y sube una mujer de pelo corto y abrigo claro. Sonríe y saluda con la cabeza a algunos de los que ve cada día, a la misma hora, en el mismo sitio, aunque no sepa dónde viven ni cómo se llaman.
Última rotonda, o glorieta. Hemos dejado atrás el último pueblo antes de la gran ciudad.
Nueve grados en el termómetro del Hesperia. Son las seis y cuarenta y dos.
Autovía. No se puede ir a más de 80, y ya parece que a estas horas se vaya a congestionar de un momento a otro la entrada a la ciudad. Paneles publicitarios de bebidas alcohólicas, el viento que azota fuerte y bandea el verde autobús. Me quedan todavía veintiocho viajes en la tarjeta, creo, quizás sean veintisiete. Hoy es día de cobro. Lo haré mañana, o pasado.
Ya estamos en la ciudad. Club de tenis y zona universitaria.
Muchas luces y muchos paneles publicitarios, iluminados todos. Me bajo en la penúltima, pero todavía tendré que peinarme. Aprovecho ahora para hacerlo. Mientras, se han bajado dos. En la ciudad, ya no se sube nadie.
Repeinarme y taparme las ojeras. Se han bajado una docena por lo menos.
Se apean ahora la peluquera deportista y el hombre del olor fuerte. Parada en el centro comercial. Hay motos caídas en la acera por el fuerte viento.
Ya la próxima es la mía, luego caminar cinco minutos hasta el bar y el primer café, rematando el crucigrama y esperando a ver si llega el compañero de ojos calmos y empezar serena el día.
Brillo de labios y polvo en las mejillas. Hoy ya empieza la campaña de Navidad. Promete ser una mañana dura. La mujer del pelo teñido solicita la parada y mira, ansiosa, el reloj. Hoy vamos con algo de retraso; regreso de puente, parece que los conductores lo han alargado hasta ahora, lunes por la mañana.
Mi parada. Son las seis y cuarenta y ocho. Se queda el chófer solo con dos pasajeros. Arranca ya la rutina semanal, de siete y media a tres y cabezadas en el autobús.
¿A qué aspiras tú en la vida?
A tener tiempo libre para leer y para escribir. Y eso, te moleste o no, es lo que hago.


jueves, 24 de noviembre de 2016

Violencia de género

Hoy, 25 de noviembre, es el Día Internacional de la Eliminación de la Violencia de Género.

La violencia de género ha formado parte de la historia de la literatura castellana, desde ejemplos tan tempranos como la afrenta de Corpes. 


En el Siglo de Oro, Lope de Vega (1562-1635), en su comedia El perro del hortelano, pone en boca de Tristán, el gracioso, los siguientes versos:
                        “Bien te puedo
                        responder lo que responden
las malcasadas, en viendo
cardenales en su cara
del mojicón de los celos:
rodé por las escaleras.”
Que sea el gracioso quien los pronuncie deja lugar a que el público se ría de una situación que para nada es cómica. En estos versos, la mujer esconde lo que saben quienes la rodean, que ha sido agredida. No queda claro si miente por sentirse culpable o para proteger al marido.



Precisamente en la figura del marido se centra el título de un poema de la extremeña Carolina Coronado (1820-1911), “El marido verdugo”. La poeta romántica describe a los hombres maltratadores como “feroces dañinas alimañas”. De humanos solo tienen la forma, el revestimiento. Coronado se burla de su aparente valentía: “las gloriosas hazañas del valiente” y, seguidamente, explica cómo el hombre agrede a su mujer apretándole el cuello, tirándole de los cabellos, causándole moratones en la piel… Termina comparando a la mujer con un “lirio suave y delicado” y a su maltratador con un “áspero cardo”, lamentando que ella pierda al lado de un marido cruel su belleza y juventud.


Mucho más reciente (2016) y con clara vocación de denuncia es la antología del Ayuntamiento de Salamanca No resignación, recopilada por Alfredo Pérez Alencart.