blog de Rebeca Martín Gil
jueves, 27 de abril de 2017
martes, 14 de marzo de 2017
Cenizas - Nicolás Muñoz
El cineasta Nicolás Muñoz (Madrid, 1962) obtuvo por esta
novela el IV Premio de Novela Javier Tomeo en 2008.
En esta dura novela, Óscar, un exitoso hombre casado y con
un hijo adolescente, observa desde las ventanas de su casa el incendio y destrucción
del rascacielos Windsor. Paralelamente, todo aquello que parecía tener
controlado en su vida empieza a desmoronarse a la vez que él no consigue
olvidar la imagen del edificio en llamas. Observamos cómo le afecta la crisis
de los cuarenta, la poca comunicación que tiene con su hijo y cómo su matrimonio
tampoco es ejemplar.
Nicolás Muñoz aborda en Cenizas tan espinosos como
la violencia de género o el acoso escolar. No solo asistimos al presente de
Óscar, sino que recuerdos que le hacen sentir culpable de su paso por la mili
conviven con la constante imagen del Windsor ardiendo. La novela avanza,
acelerándose en cada página, atrapando al lector en una espiral de destrucción
que parece que vaya a acabar con todo.
martes, 24 de enero de 2017
Relato "El despertar" en Premis Literaris Constantí 2016
Mi relato "El despertar" ha resultado finalista en el certamen literario convocado por el ayuntamiento de Constantí. Próximamente aparecerá publicado junto con el ganador ("Rosas blancas", de Álex Saldaña Redondo) y los otros finalistas.
domingo, 25 de diciembre de 2016
Relato - Autobús interurbano
Seis y trece en la parada del
autobús. Lleva tres minutos de retraso. Diez grados y un viento frío y seco de
estridente despertador.
El chico joven del polígono, el
treintañero desaliñado y un viajero nuevo: alto, delgado, cincuentón, con una
barba de dos días, que pregunta al conductor que si entre semana pasa siempre a
la misma hora.
Dos semáforos más tarde, ya hemos
dejado el pueblo. Algunos dormitan contra los cristales, hacia la negra noche;
unos leen la prensa seria; los más, hojean la deportiva.
Yo estoy hoy más despierta que
nunca, y es que los reproches ayudan a madrugar y a no conciliar el sueño.
Entramos en el pueblo vecino.
Otro semáforo.
Así que nos tocará empezar a
buscar piso, a ir de nuevo, como los caracoles, con la casa a cuestas.
Suben dos más: hombre y mujer, y
se apean, a cambio, otra mujer y el hombre del abrigo amarillo y la visera.
Todavía no me he peinado.
No voy a mendigar porque tú
pagues un alquiler barato.
Estuve deprimido por tu culpa.
No deberías haberte marchado
nunca de casa de tu madre.
Nos pusiste las cosas muy
difíciles.
Lunes. El tedio de la semana
empieza en la plaza asfaltada, en la marquesina a oscuras de la carretera.
Las luces de la cementera,
impertérrita, incrustada en la montaña, observan el lento despertar en el
llano.
Se apea el joven del polígono,
siempre en chándal y con mochila. Cuando hay puente no coge el autobús.
¿Qué es un precio simbólico?
Una patada en el culo (o una coz,
que es lo que dan los burros) es gratis, pero luego nadie te da las gracias.
Nueva parada: ahora le toca al
treintañero desaliñado. Un hombre de pelo cano y camisa rojiza le hace el
relevo.
No sé para qué estudias.
¿No ibas a comerte el mundo?,
pues mira dónde has acabado.
Esos comentarios nunca son en
tono despectivo, nunca escupes por llevar una vida que a ti no te parece digna.
A estas horas vamos solos por la
carretera.
Antes de abandonar el polígono,
sube una mujer escandalosa, andaluza, a punto de jubilarse ya, con el pelo
teñido, y siempre los pendientes plateados. De aquí a diez minutos, desde el
último asiento del autobús, le oiré decir algo al conductor. Mientras pienso
esto, le oigo preguntar algo a la pasajera que va detrás.
Hoy no ha venido la señora María,
mañana contará que perdió el autobús, que se quedó dormida y la tuvo que llevar
al trabajo su marido.
Otro pueblo: el de los mil
badenes y las luces apagadas de Navidad.
Nueva parada: baja uno y suben cinco. La amiga de la señora María
tampoco ha venido hoy, y parece como que el autobús, aliviado, respira. Sí se
ha subido la joven peluquera, con bufanda rosa, mujer atlética que madruga para
entrar al gimnasio a las siete de la mañana, antes de enfrascarse en tintes y
permanentes.
Nueva parada: bajan dos y suben
siete. Parece que hemos dejado atrás el último badén y el autobús puede empezar
a coger velocidad.
Una furgoneta en doble fila.
Suben dos más.
A mi lado, lee el periódico
deportivo un hombre que huele mal. Sorbe con la nariz. Cincuentón, de sport,
con una mochila y zapatos de color beige.
Otra parada, suben dos mujeres y
dejamos atrás este pueblo.
Ahora llegan las rotondas y el
paseo con el tranvía. La carretera está iluminada.
Nueva parada, se incorpora al
trayecto un hombre de jersey negro.
A nuestra izquierda,
concesionarios de coches y, a ambos lados, gasolineras.
Nueva parada: bajan dos hombres y
sube una mujer de pelo corto y abrigo claro. Sonríe y saluda con la cabeza a
algunos de los que ve cada día, a la misma hora, en el mismo sitio, aunque no
sepa dónde viven ni cómo se llaman.
Última rotonda, o glorieta. Hemos
dejado atrás el último pueblo antes de la gran ciudad.
Nueve grados en el termómetro del
Hesperia. Son las seis y cuarenta y dos.
Autovía. No se puede ir a más de
80, y ya parece que a estas horas se vaya a congestionar de un momento a otro
la entrada a la ciudad. Paneles publicitarios de bebidas alcohólicas, el viento
que azota fuerte y bandea el verde autobús. Me quedan todavía veintiocho viajes
en la tarjeta, creo, quizás sean veintisiete. Hoy es día de cobro. Lo haré
mañana, o pasado.
Ya estamos en la ciudad. Club de
tenis y zona universitaria.
Muchas luces y muchos paneles
publicitarios, iluminados todos. Me bajo en la penúltima, pero todavía tendré que
peinarme. Aprovecho ahora para hacerlo. Mientras, se han bajado dos. En la
ciudad, ya no se sube nadie.
Repeinarme y taparme las ojeras.
Se han bajado una docena por lo menos.
Se apean ahora la peluquera
deportista y el hombre del olor fuerte. Parada en el centro comercial. Hay
motos caídas en la acera por el fuerte viento.
Ya la próxima es la mía, luego
caminar cinco minutos hasta el bar y el primer café, rematando el crucigrama y
esperando a ver si llega el compañero de ojos calmos y empezar serena el día.
Brillo de labios y polvo en las
mejillas. Hoy ya empieza la campaña de Navidad. Promete ser una mañana dura. La
mujer del pelo teñido solicita la parada y mira, ansiosa, el reloj. Hoy vamos
con algo de retraso; regreso de puente, parece que los conductores lo han
alargado hasta ahora, lunes por la mañana.
Mi parada. Son las seis y
cuarenta y ocho. Se queda el chófer solo con dos pasajeros. Arranca ya la
rutina semanal, de siete y media a tres y cabezadas en el autobús.
¿A qué aspiras tú en la vida?
A tener tiempo libre para leer y
para escribir. Y eso, te moleste o no, es lo que hago.
jueves, 24 de noviembre de 2016
Violencia de género
Hoy, 25 de noviembre, es el
Día Internacional de la Eliminación de la Violencia de Género.
La violencia de género ha
formado parte de la historia de la literatura castellana, desde ejemplos tan
tempranos como la afrenta de Corpes.
En el Siglo de Oro, Lope de
Vega (1562-1635), en su comedia El perro
del hortelano, pone en boca de Tristán, el gracioso, los siguientes versos:
“Bien te puedo
responder lo que responden
las malcasadas, en viendo
cardenales en su cara
del mojicón de los celos:
rodé por las escaleras.”
Que sea el gracioso quien los
pronuncie deja lugar a que el público se ría de una situación que para nada es
cómica. En estos versos, la mujer esconde lo que saben quienes la rodean, que
ha sido agredida. No queda claro si miente por sentirse culpable o para
proteger al marido.
Precisamente en la figura del
marido se centra el título de un poema de la extremeña Carolina Coronado
(1820-1911), “El marido verdugo”. La poeta romántica describe a los hombres
maltratadores como “feroces dañinas alimañas”. De humanos solo tienen la forma,
el revestimiento. Coronado se burla de su aparente valentía: “las gloriosas
hazañas del valiente” y, seguidamente, explica cómo el hombre agrede a su mujer
apretándole el cuello, tirándole de los cabellos, causándole moratones en la
piel… Termina comparando a la mujer con un “lirio suave y delicado” y a su
maltratador con un “áspero cardo”, lamentando que ella pierda al lado de un
marido cruel su belleza y juventud.
Mucho más reciente (2016) y con clara vocación de denuncia es la antología del Ayuntamiento de Salamanca No resignación, recopilada por Alfredo Pérez Alencart.
miércoles, 9 de noviembre de 2016
El equipaje del náufrago - Francisco García Marquina
Francisco García Marquina obtuvo el Premio Blas de Otero
(2003) por el poemario El equipaje del
náufrago. Observamos en esta obra dos ejes temáticos: por un lado, la
nostalgia y los efectos del paso del tiempo, con una constante interacción
entre el pasado y el presente; por otro, la visión del yo como alguien ajeno.
Como un nuevo Ulises, García Marquina habla de un lapso de
veinte años en dos de sus poemas, “Llamada en Navidad” y “Estación central”, recordando un amor adolescente. En “Antepasados” habla con los
protagonistas de unos retratos y se detiene en una mujer, interpretando en la mirada del lienzo un grito de auxilio, la necesidad de ser amada.
También la niñez aparece en estas páginas. Describe a un
compañero de estudios, obligado a regresar a su pueblo, muerto en la rueda de
un molino, en “Retrato de un joven estudiante”. En “Noche de Reyes”, asistimos
al desgarro de conocer cómo algo en lo que él creía resultó ser falso.
El yo como alguien ajeno irrumpe en poemas como “D.N.I.”,
donde parece no poder controlar su propia vida: “Caducaré en la fecha en que se
indica”. En “Triste epitafio alegre” vemos una concepción cíclica de la vida y
la muerte, así como el sereno acercamiento del poeta a Dios, y leemos: “y
también a la muerte le llegará la muerte”.
En el poema “El equipaje del náufrago”, leemos cómo el poeta
hace repaso de su vida, de lo que quedará cuando se vaya, de las cosas que ha dejado escapar:
“Poca cosecha para tanto esfuerzo
¿qué fue la vida? Verte
pasar y regresar
para volver a irte.
Y llenar en la plaza una cesta de ruidos y colores
para hacerme la ausencia soportable.”
jueves, 1 de septiembre de 2016
La isla de San Borondón - Julio Salvatierra
El dramaturgo granadino Julio Salvatierra se
basa en la leyenda de la isla de San Borondón, según la cual hay una
isla canaria que aparece y desaparece, para construir una fábula teatral para
niños. De hecho, la obra (2008) está dedicada a su sobrina Claudia.
Claudia es el personaje principal de esta
pieza, junto a su abuelo Cecilio. Salvatierra mezcla estos dos personajes
humanos, representantes de sus respectivas generaciones, con seres fantásticos,
pertenecientes al mundo de la isla y con ecos de Alicia en el país de las Maravillas.
El abuelo es un pescador solitario que se
resiste a adaptarse a los nuevos tiempos y su nieta se aburre pescando con él;
apiadándose de los peces que su abuelo consigue, los lanza de nuevo al mar.
Claudia es una niña sin amigos en el colegio. La madre únicamente aparece como voz
en off, gritando, con prisa. Es una madre soltera, anclada en el mundo real,
que trabaja mucho y que debe dejar a la niña con el abuelo.
Claudia asegura tener un amigo en San Borondón
y su abuelo Cecilio le replica que eso no es más que una leyenda. De modo que Claudia se ve obligada a llevarla
a San Borondón y que él conozca esos seres fantásticas con que ella ha tratado.
El personaje de Idaira, un drago sabio, afirma en la obra: “Los que nos
visitáis venís solo de paso. San Borondón es un sueño que existe mientras
estáis aquí, y luego se desvanece hasta que lo necesitáis de nuevo.” La isla se
convierte, en el viaje que emprenden juntos nieta y abuelo, en ese lugar
ficticio que necesitan que les acoja para huir de un mundo que les es extraño,
hostil.
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