blog de Rebeca Martín Gil

miércoles, 27 de diciembre de 2017

No cantaremos en tierra de extraños - Ernesto Pérez Zúñiga


Ernesto Pérez Zúñiga dedica, entre otros, este libro a Carlos García Gual, “que me impulsó a regresar a la épica”. Efectivamente, nos encontramos ante un “nostoi”, un poema épico de regreso, si bien aquí los héroes no regresan de la guerra de Troya, sino que son dos españoles vencidos en la Guerra Civil que vuelven en 1944 desde el exilio.
Por un lado, está Manuel Juanmaría, anarquista andaluz, que, como Ulises, vuelve a su tierra para recuperar a su mujer (Ángeles) y su hija (Beatriz). Sin embargo, Ángeles no ha estado este tiempo tejiendo a la espera; tampoco ha sido deliberadamente infiel, como la esposa de Agamenón, sino que se ha visto obligada a juntarse con el terrateniente Cañoncito Pum, al que no ama, viviendo con este, su madre y su hermosa hija. Por otro, Ramón Montenegro, navarro, hijo de carlista, que se enfrenta a unos padres muertos en su tierra natal. De hecho, al encontrar los huesos de su padre decide enterrarlos junto a los de su madre, y Ramón lleva estos huesos en un saco durante todo el viaje, esperando el momento propicio.
La novela está llena de guiños literarios: a Cervantes (novela itinerante y circular), a Valle-Inclán (en la figura de Montenegro), a Zorrilla (el enamorado de la hija de Cañoncito Pum es un torero llamado “el Tenorio”), a la Biblia (salmos), a Bécquer y a Dante (en el nombre de la pequeña Beatriz)… E incluye personajes reales como el novelista y dramaturgo Max Aub.

No cantaremos en tierra de extraños nos permite acceder, a través de sus voces, a los pensamientos y obsesiones de cada personaje. Se trata de un brillante alegato al amor y a la lucha por lo que uno cree, con pequeñas pinceladas de humor. 

lunes, 20 de noviembre de 2017

Un cangrejo en una caja cuadrada

El poeta William Carlos Williams defendió el metro variable frente a la regularidad métrica. Esta liberación de los corsés supone un reto para cualquier profesor, cuyos alumnos suelen ser reacios no solo al verso blanco o libre, sino a la rima asonante. 


La imagen con la que mejor plasmó su sensación de rigidez de la métrica tradicional es la del cangrejo en una caja. Williams admite odiar los sonetos y los compara con introducir un cangrejo en una caja cuadrada. Uno tiene que cortar sus piernas para que entre bien. Si finalmente lo consigue, lo que hay dentro ya no es un cangrejo. 

Aunque en nuestra literatura gozamos de sonetos que suenan naturales (basta acercarse al "Soneto de repente" de Lope de Vega o a "Alfa y Omega" de Manuel Machado, por poner solo dos ejemplos), desde que leí esta comparación de W. C. Williams no puedo evitar, cada vez que me enfrento a un poema de catorce versos, preguntarme si el cangrejo estará o no entero dentro de las paredes de la caja cuadrada. 

jueves, 27 de abril de 2017

Guapos y pobres - Alfredo Ruiz



Este libro apareció en 2004, de la mano de la desaparecida Ático Ediciones. Lleva por subtítulo "Retrato de una nueva clase social". Pasó del papel al escenario y en 2015 se representó en forma de musical.

"Guapos y pobres" está a caballo entre la crónica y la ficción. El autor describe a varios personajes jóvenes residentes en Barcelona en un momento en que parecía que la economía iba bien para todos. Sin embargo, los protagonistas de este libro, algunos de ellos con estudios universitarios, sobreviven con trabajos precarios, alquileres elevados, hipotecas difíciles de pagar... Pertenecen a esa generación que se bautizó como "mileurista" y que, pasados más de diez años, tristemente algunos miran hasta con nostalgia. 

Quedaría por saber el futuro de cada una de estas personas: si ya eran frágiles cuando parecía que estábamos en los primeros puestos de la economía mundial, ¿cómo les habrá golpeado (o no) la crisis?


Relats d'amor - ya disponible


Ya está disponible el libro "Relats d'amor" (Silva Editorial), donde colaboro con "El despertar".



martes, 14 de marzo de 2017

Cenizas - Nicolás Muñoz



El cineasta Nicolás Muñoz (Madrid, 1962) obtuvo por esta novela el IV Premio de Novela Javier Tomeo en 2008.

En esta dura novela, Óscar, un exitoso hombre casado y con un hijo adolescente, observa desde las ventanas de su casa el incendio y destrucción del rascacielos Windsor. Paralelamente, todo aquello que parecía tener controlado en su vida empieza a desmoronarse a la vez que él no consigue olvidar la imagen del edificio en llamas. Observamos cómo le afecta la crisis de los cuarenta, la poca comunicación que tiene con su hijo y cómo su matrimonio tampoco es ejemplar.


Nicolás Muñoz aborda en Cenizas tan espinosos como la violencia de género o el acoso escolar. No solo asistimos al presente de Óscar, sino que recuerdos que le hacen sentir culpable de su paso por la mili conviven con la constante imagen del Windsor ardiendo. La novela avanza, acelerándose en cada página, atrapando al lector en una espiral de destrucción que parece que vaya a acabar con todo.

martes, 24 de enero de 2017

Relato "El despertar" en Premis Literaris Constantí 2016

Mi relato "El despertar" ha resultado finalista en el certamen literario convocado por el ayuntamiento de Constantí. Próximamente aparecerá publicado junto con el ganador  ("Rosas blancas", de Álex Saldaña Redondo) y los otros finalistas.  

domingo, 25 de diciembre de 2016

Relato - Autobús interurbano


Seis y trece en la parada del autobús. Lleva tres minutos de retraso. Diez grados y un viento frío y seco de estridente despertador.
El chico joven del polígono, el treintañero desaliñado y un viajero nuevo: alto, delgado, cincuentón, con una barba de dos días, que pregunta al conductor que si entre semana pasa siempre a la misma hora.
Dos semáforos más tarde, ya hemos dejado el pueblo. Algunos dormitan contra los cristales, hacia la negra noche; unos leen la prensa seria; los más, hojean la deportiva.
Yo estoy hoy más despierta que nunca, y es que los reproches ayudan a madrugar y a no conciliar el sueño.
Entramos en el pueblo vecino. Otro semáforo.
Así que nos tocará empezar a buscar piso, a ir de nuevo, como los caracoles, con la casa a cuestas.
Suben dos más: hombre y mujer, y se apean, a cambio, otra mujer y el hombre del abrigo amarillo y la visera. Todavía no me he peinado.
No voy a mendigar porque tú pagues un alquiler barato.
Estuve deprimido por tu culpa.
No deberías haberte marchado nunca de casa de tu madre.
Nos pusiste las cosas muy difíciles.
Lunes. El tedio de la semana empieza en la plaza asfaltada, en la marquesina a oscuras de la carretera.
Las luces de la cementera, impertérrita, incrustada en la montaña, observan el lento despertar en el llano.
Se apea el joven del polígono, siempre en chándal y con mochila. Cuando hay puente no coge el autobús.
¿Qué es un precio simbólico?
Una patada en el culo (o una coz, que es lo que dan los burros) es gratis, pero luego nadie te da las gracias.
Nueva parada: ahora le toca al treintañero desaliñado. Un hombre de pelo cano y camisa rojiza le hace el relevo.
No sé para qué estudias.
¿No ibas a comerte el mundo?, pues mira dónde has acabado. 
Esos comentarios nunca son en tono despectivo, nunca escupes por llevar una vida que a ti no te parece digna.
A estas horas vamos solos por la carretera.
Antes de abandonar el polígono, sube una mujer escandalosa, andaluza, a punto de jubilarse ya, con el pelo teñido, y siempre los pendientes plateados. De aquí a diez minutos, desde el último asiento del autobús, le oiré decir algo al conductor. Mientras pienso esto, le oigo preguntar algo a la pasajera que va detrás.
Hoy no ha venido la señora María, mañana contará que perdió el autobús, que se quedó dormida y la tuvo que llevar al trabajo su marido.
Otro pueblo: el de los mil badenes y las luces apagadas de Navidad.  Nueva parada: baja uno y suben cinco. La amiga de la señora María tampoco ha venido hoy, y parece como que el autobús, aliviado, respira. Sí se ha subido la joven peluquera, con bufanda rosa, mujer atlética que madruga para entrar al gimnasio a las siete de la mañana, antes de enfrascarse en tintes y permanentes.
Nueva parada: bajan dos y suben siete. Parece que hemos dejado atrás el último badén y el autobús puede empezar a coger velocidad.
Una furgoneta en doble fila.
Suben dos más.
A mi lado, lee el periódico deportivo un hombre que huele mal. Sorbe con la nariz. Cincuentón, de sport, con una mochila y zapatos de color beige.
Otra parada, suben dos mujeres y dejamos atrás este pueblo.
Ahora llegan las rotondas y el paseo con el tranvía. La carretera está iluminada.
Nueva parada, se incorpora al trayecto un hombre de jersey negro.
A nuestra izquierda, concesionarios de coches y, a ambos lados, gasolineras.
Nueva parada: bajan dos hombres y sube una mujer de pelo corto y abrigo claro. Sonríe y saluda con la cabeza a algunos de los que ve cada día, a la misma hora, en el mismo sitio, aunque no sepa dónde viven ni cómo se llaman.
Última rotonda, o glorieta. Hemos dejado atrás el último pueblo antes de la gran ciudad.
Nueve grados en el termómetro del Hesperia. Son las seis y cuarenta y dos.
Autovía. No se puede ir a más de 80, y ya parece que a estas horas se vaya a congestionar de un momento a otro la entrada a la ciudad. Paneles publicitarios de bebidas alcohólicas, el viento que azota fuerte y bandea el verde autobús. Me quedan todavía veintiocho viajes en la tarjeta, creo, quizás sean veintisiete. Hoy es día de cobro. Lo haré mañana, o pasado.
Ya estamos en la ciudad. Club de tenis y zona universitaria.
Muchas luces y muchos paneles publicitarios, iluminados todos. Me bajo en la penúltima, pero todavía tendré que peinarme. Aprovecho ahora para hacerlo. Mientras, se han bajado dos. En la ciudad, ya no se sube nadie.
Repeinarme y taparme las ojeras. Se han bajado una docena por lo menos.
Se apean ahora la peluquera deportista y el hombre del olor fuerte. Parada en el centro comercial. Hay motos caídas en la acera por el fuerte viento.
Ya la próxima es la mía, luego caminar cinco minutos hasta el bar y el primer café, rematando el crucigrama y esperando a ver si llega el compañero de ojos calmos y empezar serena el día.
Brillo de labios y polvo en las mejillas. Hoy ya empieza la campaña de Navidad. Promete ser una mañana dura. La mujer del pelo teñido solicita la parada y mira, ansiosa, el reloj. Hoy vamos con algo de retraso; regreso de puente, parece que los conductores lo han alargado hasta ahora, lunes por la mañana.
Mi parada. Son las seis y cuarenta y ocho. Se queda el chófer solo con dos pasajeros. Arranca ya la rutina semanal, de siete y media a tres y cabezadas en el autobús.
¿A qué aspiras tú en la vida?
A tener tiempo libre para leer y para escribir. Y eso, te moleste o no, es lo que hago.